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dijous, 9 de juny del 2022

¿Valió la pena?

Hay ocasiones en las que uno como escritor, periodista o simplemente, observador de la realidad que nos rodea, debe preguntarse “¿qué sentido tiene todo esto?”. Sin intentar caer en un nihilismo desaforado o un pasotismo despreocupado, es cierto que en ocasiones la sociedad tiene muy difícil afrontar la vida de una forma optimista. A diario nos rodean noticias descorazonadoras, en las que nos hablan de la guerra, del alza infinita de los precios, hoy por una excusa, mañana por otra, de la corrupción política, del aumento del fascismo en España…

En la segunda década del milenio (2010-2020) vivimos una etapa de politización intensa de la sociedad, con movimientos sociales en todo el mundo, crecientes e influyentes a nivel político y social, que en España suposo nada menos que el fin del bipartidismo. En la televisión, por poner un ejemplo, vimos como los programas que hablaban de política substituían a los programas del corazón los sábados por la noche. Pero con anterioridad, las redes sociales se inflamaron, las calles se llenaron de gente, comenzaron las grandes manifestaciones y, como consecuencia, la contrareforma legislativa para considerar terrorismo (o casi) cualquier tipo de protesta social. Lo que se intentaba cambiar en las redes y las calles, se mantenía a golpe de decreto en los palacios y parlamentos.

Tras años de una durísima crisis, la sociedad comenzó a recuperar mínimamente (muy mínimamente) su poder económico, aunque no sus derechos sociales, ya que todas las leyes aprobadas durante la crisis, allí siguen, sin derogar y, algunas, sin haberse modificado ni una coma. Además, con la recuperación cambiamos los informativos por Netflix y cambiamos un Twitter cada día más tóxico por un Instagram de luz y de color que nos enseña únicamente lo bueno de la vida y los morritos de quienes están visitando parajes o quedando con los amiguis. Cambiamos el activismo político por el postureo ególatra y con él, lo dejamos todo de nuevo en manos de los partidos políticos, de las grandes compañías y de un poder Judicial que con los años se ha convertido en un ente voraz, hambriento de poder.

De hecho, ha sido capaz de influir en elecciones, de actuar activamente contra determinados sectores de la sociedad y conspirar junto a policías patrióticas para difamar y encarcelar a quienes consideran disidencia política. Un negocio excelente si eres de ultraderecha, quizá no tanto si tus ideas son otras.

En definitiva, hemos pasado 10 años en los que se podría haber conseguido mucho políticamente y no se acabó de conseguir demasiado. Las predicciones de los grandes popes de la politología son que la izquierda tiende a lo que tiende siempre, a dividirse, y la derecha a hacerse más fuerte, sustituyendo unos radicales de pacotilla y chaquetas vistosas por los radicales de ultraderecha franquista. No se me parece un gran negocio, sinceramente.

Pero este artículo, que conste, no se ha escrito para criticar a quienes llenaron las calles y movilizaron en las redes durante estos 10 años. No se puede ser activista toda la vida, y de hecho serlo más de 5 años ya es todo un logro. Este texto es una reflexión algo pesimista sobre cómo estamos y lo fácil que nos hemos adaptado a una sociedad exageradamente peor, con la vieja premisa del “Pan y circo”, que podría sustituirse por “trabajo precario y Netflix”.

Y de ahí volvemos a la premisa inicial. ¿Valía la pena este camino? ¿Valieron la pena los centenares de manifestaciones, protestas, para acabar como hemos terminado? Mi respuesta sin duda es “sí, desde luego, valieron la pena”. Porque esos que protestaron contra la precariedad laboral, la escasez de oportunidades, la falta de trabajo, aprendieron a movilizarse, a organizarse y a no aceptar el café para todos que se nos ofreció durante décadas.

Y, aunque algunos crean que no, fueron un ejemplo para las generaciones de jóvenes que hoy están más preocupadas por la ya inevitable emergencia climática y por su falta de futuro que por jugar a videojuegos. Y solo por eso, ya valió la pena.

dilluns, 15 de desembre del 2014

España en Navidad

Es curioso que cuanto más debería estar publicando en este blog, menos publico. Lo cierto es que han ocurrido muchas cosas en este país, políticamente, y debieran ser comentadas a fondo. La Ley Mordaza es quizá la más impactante de todas ellas, aunque no se nos pueden olvidar las 11 personas al día que mueren por la Hepatitis C porque al gobierno no le da la gana gastar el dinero que cuesta una medicina que salva al 95%, porque aseguran que es cara. Quizá para el gobierno, hay personas que no valen los más de 1.000 euros que cuesta cada tratamiento, o quizá prefieren gastar el dinero en otros menesteres que en el de salvar las vidas de los ciudadanos a quienes, teóricamente, representan y deben cuidar. Pero lo cierto es que difícilmente un gobierno que pretende aprobar una ley como la de Seguridad Ciudadana, la Ley Mordaza, se puede preocupar por sus ciudadanos. Claramente les tiene miedo y por ello quiere amordazarles, quitarles la voz, prohibir sus formas de protesta y que se pueda filmar a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, no sea que se puedan demostrar su ocasional uso desproporcionado de la fuerza. 

También cabría analizar a fondo la Audiencia Nacional, que ha dejado libre la plaza del juez Ruz, quien se encarga hasta el mes de marzo de los casos Gürtel y Bárcenas. Ello se produce, estoy seguro que casualmente, la semana después después de que este juez decretase en su auto que Ana Mato y el Partido Popular se han beneficiado de la trama Gürtel a título lucrativo. Es decir, que se han lucrado de esta trama corrupta. Ahora el juez Ruz se ve forzado a dejar su plaza para que otro juez se encargue del caso. En su día puse en duda al juez Ruz, pensando que iba a hacer una instrucción del caso favorable al Partido Popular, claramente me equivoqué. Aunque su instrucción ha sido más liviana que la que hubiese hecho Gómez Bermúdez, un juez más inflexible, lo cierto es que Ruz ha puesto contra las cuerdas al partido de Gobierno y eso ha hecho saltar algunas alarmas. Su sustitución, desde luego, no parece casual y es otro ejemplo claro de la inexistencia de la separación de poderes en nuestro país. Otra más. 

También podríamos hablar de RTVE, que ha modificado su cúpula dirigente una vez más para adecuarla a 2015, un año en el que hay no sólo una, sino dos contiendas electorales. En ellas, al parecer, el partido de Gobierno quiere tener bien controlado al ente público, Telemadrizándolo lo máximo posible, para que los españolitos de a pie no nos descarriemos y votemos lo que vota la gente de bien. 

En fin, se trata de que no perdamos la fe cristiana, de que no perdamos la ilusión en comprar lotería, porque sabemos que las cosas pueden salir mal, que nos pueden robar derechos adquiridos, que pueden robar dinero público y librarse, pueden cambiar de jueces cuando sus juicios no van bien, pero que no hay que quejarse, que es Navidad, hay que consumir y ser felices. Porque el español de verdad es feliz, no se queja, agacha la cabeza, se resigna a su suerte y no se mete en esas cosas de la política. No sea que salga como esos descerebrados del 15M y de Podemos que reclaman nuevas democracias y derechos. Insensatos. En fin, la historia se repite, una vez más.

dissabte, 18 de gener del 2014

Espiral de Violencia

Como anuncié en mi cuenta de Facebook y en el editorial de La Plaza en Llamas, esta semana ha sido complicada para mí en lo personal, porque he tenido que tomar varias decisiones duras, como dejar el proyecto de Ión Radio, en el que he estado involucrado desde hace un año y medio. Ha sido una decisión difícil y que me hecho comprender aquello que tantas veces me habían dicho, que hay que centrar tus esfuerzos en conseguir aquello que más deseas, en mi caso conseguir que La Plaza en Llamas crezca lo máximo posible. 

Los vecinos de Gamonal protestan ante la policía. Foto: GTRES.
En el barrio del Gamonal nos han dado una lección al respecto, consiguiendo paralizar unas obras de 8 millones de euros cuando el Ayuntamiento está recortando servicios y derechos de sus ciudadanos. Me parece fundamental que la ciudadanía siga manifestándose contra aquello que cree injusto, porque está claro que acaba dando resultados, en los dos últimos años hemos visto una gran multitud de ejemplos. Pero lo que es especialmente preocupante, desde hace ya dos años y de forma recurrente desde la llegada del Partido Popular al poder, es la especial violencia que los antidisturbios están ejerciendo en las manifestaciones pacíficas. La policía, más que proteger a la ciudadanía, se está dedicando a la pura y simple caza del activista político, cual si fuera un peligroso terrorista, en lugar de un ciudadano que reclama sus derechos. A algunos esto les puede parecer una nimiedad sin importancia, pero las dictaduras se crean paso a paso, poco a poco, nunca de un día para el otro, y España ya lleva unos cuantos pasos para volver a una situación de represión social y política. 

Si la policía ya actúa ahora, aunque sea siguiendo órdenes de sus superiores (lo cual no es excusa), como lo ha hecho esta semana en Burgos y en Madrid, deteniendo a bomberos que estaban de servicio apagando un fuego, o entrando en el metro a perseguir a manifestantes de forma injustificadamente violenta, qué no harán cuando se apruebe la mal llamada Ley de Seguridad Ciudadana, que tendrán las manos libres para hacer lo que quieran. 

La policía, a punto de cargar contra los vecinos de Gamonal. Foto: AP.
En mi opinión, el Gobierno lleva una estrategia que podríamos calificar de “espiral de violencia“, en la que primero empobrece a sus ciudadanos, luego protege a sus corruptos, que no son pocos, y finalmente crea un gran malestar social y agrede de forma indiscriminada a los manifestantes pacíficos, como hemos visto ya muchas ocasiones. Con todo ello, el Gobierno pretende llevar a la ciudadanía (no a la mal llamada mayoría silenciosa, sino a los ciudadanos que todavía no se han marchado del país) a una situación límite que provoque estallidos reales de violencia, no como la del Gamonal sino de violencia real, para de esa forma justificar cualquiera de las agresiones policiales desmesuradas que ya se están produciendo y cualquiera de las leyes con tintes dictatoriales que se les ocurra aprobar, ya sea la Ley de Seguridad Ciudadana o incluso alguna peor. 

Pero lo malo de toda esta situación, de esta espiral de violencia promovida por el Gobierno, es que personalmente no tengo idea como podemos escapar de ella, como no sea abandonarlo todo y emigrar a un país democrático. 

dimarts, 19 de novembre del 2013

Ley de Represión

No me gusta hablar de leyes porque no soy abogado, ni experto en estos temas, pero la música que suena en el anteproyecto de la mal llamada "Ley de Seguridad Ciudadana" tiene una melodía muy parecida a las leyes de represión de antaño. No es por hacer el símil barato de PP=Franquismo, pero lo cierto es que este partido demuestra ley a ley y declaración a declaración, que prefiere amenazar con endeudar a la población de por vida si se manifiestan contra el sistema a mantener la libertad de expresión y manifestación. Esa locura de la que que algunos demócratas estamos tan orgullosos, el poder decir lo que pensamos, tanto en las redes como en las calles. 

Esta nueva versión de la Ley de Vagos y Maleantes sancionará con entre 30.001 y 600.000 las manifestaciones ante el Congreso de los Diputados y los escraches (aunque ya hace meses que no se produce ninguno) "siempre y cuando no se comuniquen previamente e independientemente estén o no los diputados reunidos", es decir, los participantes en cualquier manifestación espontánea podría recibir multas que les endeudarían de por vida, al tratarse de una infracción administrativa muy grave. Pero no sólo eso, porque quienes la convoquen en las redes sociales, recibirán el mismo castigo económico, con lo ambiguo que puede ser el término "convocar" en una red social. Básicamente, todo esto puede resumirse en lenguaje llano como la clásica REPRESIÓN de toda la vida. 

Recibirán el mismo castigo (entre 30.001 y 600.000 euros de multa) aquellas personas que usen imágenes y fotografías de miembros y cuerpos de Fuerzas y Seguridad del Estado, es decir, se pena a aquellos ciudadanos que graben o fotografíen a los policías, para evitar, ni más ni menos, poder demostrar casos como la paliza al empresario gay de Barcelona asesinado por un grupo de Mossos, las cargas desproporcionadas e injustificadas en manifestaciones del 15M y de cualquiera de sus mareas o las agresiones policiales a ciudadanos, como las sucedidas en la estación de Atocha de Madrid el 25 de septiembre de 2012. De nuevo, REPRESIÓN y legislación para evitar la persecución judicial del brazo armado del poder político.

También serán castigadas, con multas de entre 1.001 y 30.000 euros, las alteraciones del orden público usando capuchas o gorros para evitar la identificación o las amenazas, coacciones o vejaciones (lo que sería insultar) a los policías, al considerarse infracciones administrativas graves. Imagino que a los policías infiltrados que alteraron el orden público en varias manifestaciones se les caerá el pelo si vuelven a hacerlo (Modo Ironía ON, por si no se había notado). He dejado en el tintero muchos temas que trata esta ley, pero podéis leer sobre ella más a fondo en estos artículos de ElDiario.es, El País o El Mundo.

Probablemente, la ley se va a aprobar este viernes, a falta de pasar por varios ministerios, pero parece bastante claro que con la mayoría absoluta de PP no se va a modificar en demasía (por no decir casi nada). Si nos manifestamos, es posible que la retrasen una o dos semanas, como ya sucedió con la ley de Educación de Wert, pero la acabaran aprobando de todas formas. Y España seguirá incesantemente caminando hacia una dictadura, ley a ley, día a día, en la que estará penado manifestarse, en la que se seguirán robando derechos uno a uno y en la que, cuando el gobierno del PP se marche, costará mucho volver a dejar el Estado como estaba, ya que muy posiblemente apenas quede nada de él.

Como decía esta mañana @Arma_pollo en Twitter...