dimecres, 30 de desembre de 2009

Debates


Tengo una sensación recorriéndome el cuerpo, de esas que te quedan al terminar un buen libro, al ver una buena película o al disfrutar del capítulo de una serie de televisión. En mi caso, el capítulo ha sido el séptimo de la séptima y última temporada de "El ala oeste de la Casa Blanca". Es una gran serie que ya he recomdendado muchas veces (pocas, para mi gusto) y que desgrana la política americana de forma magistral. Jabón aparte, este capítulo en concreto, escrito por Lawrence O'Donnell Jr. y dirigido por Alex Graves, refleja la parafernalia habitual de los debates electorales. Y con la parafernalia quiero decir los nervios de los candidatos, las instrucciones de los asesores (que parecen madres protectoras preocupadas por sus hijos, dándoles consejos de última hora y recordándoles la parte importante de su discurso), el moderador y los habituales detalles técnicos como la luz y los micrófonos.

Este capítulo es, a la práctica, la representación casi exacta de lo que es un debate de televisión. ¿Y el casi? El casi viene porque en este caso, el candidato republicano, Arnold Vinnick (interpretado por un gran Alan Alda), decide al principio romper la norma y los pactos políticos pactados previamente y proponer a Matt Santos (el siempre sobrio y elegante Jimmy Smits) "un debate de verdad", con interrupciones libres, sin límites de tiempo y con la capacidad de responder a los argumentos sin otro límite que el que pone el moderador. Esto es un debate político y no lo que vemos en televisión. El séptimo capítulo la última temporada de "El ala oeste de la casa blanca" (que no podía llamarse de otra forma que "el debate") muestra a dos candidatos con distintas ideas exponiéndolas en público sin descalificaciones o insultos al contrario, explicando sus planes para "una america mejor" (tópico, pero qué carajo, es una serie americana...).


Estos debates, tan poco frecuentes en nuestro país, son siempre todo lo contrario (restringidos en tiempo, estancos en contenido, inalterables en la forma) y, para que negarlo, muy aburridos. Antes de comenzar el debate, antes de que los dos candidatos pacten nuevas normas del juego, una asesora le recomienda a Matt Santos seguir exclusivamente su discurso para evitar que "esto se convierta en un debate de verdad". ¡Qué triste y sintomático!

¡Qué lástima que no se tomen más riesgos en las campañas! Que pena que los segundos debates de la democracia española, entre Zp y Rajoy, nos aburrieran soberanamente incluso a los que nos interesa la política. Que pena que no hubiera NI UN MINUTO en el que los candidatos no parecieran maniquíes con pegatinas de su partido y con un altavoz pegado a la boca, tensos, estáticos y sin ideas interesantes que ofrecer. Que pena que el debate entre McCain y Obama tuviera pocos momentos de discusión real, aunque eso sí, fueron muy bienvenidos. Que pena que la reacción de todos no sea "quien expuso y defensó de forma más válida sus ideas", sino "quien ganó el debate". A o B. Rojo o Azul. Izquierda o derecha. Ellos o nosotros. Señores políticos (una frase que, por cierto, siempre he querido decir), "Señores políticos, por una vez váyanse al salón, miren la tele, aprendan algo y háganos a todos un poco más felices". Y brindemos porque por una vez, la ficción haga un poco mejor a la realidad. ¡Feliz 2010!


Un saludo especial a Aaron Sorkin, Thomas Schlamme, Joshia Bartlet y Abigail Bartlet, Josh Lyman y Donna Moss, Leo McGarry y su inseparable Maaaaaargareth, Charlie Young, CJ Cregg, Toby Ziegler y Sam Seaborn. Ellos saben porqué.

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