diumenge, 22 de maig de 2016

Liderazgos de plástico

En una de esas comidas familiares que se alargan hasta casi la madrugada (barbacoa, primos y vino en abundancia), uno de los temas sobre los que discutimos fueron las próximas elecciones. Como es obvio todo familiar tiene su postura, su opinión y su ideología, que van desde la indiferencia más absoluta por la política, hasta la concienciación clara de un cambio necesario en el Gobierno y la sociedad. Una de las conclusiones a las que llegamos es que vivimos una época de líderes débiles. En una época en la que los personalismos y los candidatos son el centro del foco, es paradójico que encontremos en las cabezas de lista personajes como Pedro Sánchez, quien es quizá el Secretario General de PSOE con menos poder de la historia en su propio partido. O Mariano Rajoy, cuyo tancredismo ha inmobilizado de tal modo a su partido que no se ve (a primera vista) ningún rival que quiera o se atreva a sustituirle, a pesar de que parece claro que el recorrido político a largo plazo del presidente del Gobierno no parece ser muy alagüeño. Así que, mirando al futuro, ¿qué líderes nos presenta el horizonte en España? De derecha a izquierda:

En el PP, más allá de su secretaria general Cospedal y de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, encontramos a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, quien tiene un perfil distinto al habitual en su partido. Más abierta a algunas reclamaciones sociales y con un perfil similar al de los nuevos vicesecretarios del partido en el uso de las formas, parece una candidata a considerar. Con este perfil, tiene el favor de la prensa madrileña, tanto de derechas como de izquierdas, en buena parte gracias a que su antecesora en el cargo, Esperanza Aguirre, azote del izquierdismo local, tenía un perfil mucho más torquemadino hacia ellos. El perfil más moderado de Cifuentes le ha granjeado un tratamiento blando entre la supuesta prensa rival ideológicamente, lo cual podría llevar a engaño y repetir un "efecto Gallardón" (quien fue considerado como el perfil más moderado y cool del PP, hasta que se quitó la careta en el ministerio de Justicia). Quien haya tenido una mínima relación con el 15-M, o recuerde los incidentes entre 2012 y 2014, no puede olvidar cómo "la Cifu" ordenó a la policía local madrileña antidisturbios usar todo tipo de fuerza innecesaria contra los manifestantes en infinidad de ocasiones. La expresión "loba con piel de cordero" concuerda bastante con este perfil de política. Aún así, con la llegada de los nuevos "vicesecretarios majetes" del PP parece que sus opciones de diferenciación en su partido han menguado, y ello se suma al rechazo que muchos han expresado con su figura en el PP, por no ser suficientemente de derechas.

En Ciudadanos, la única opción a nivel nacional es obviamente Albert Rivera. Aunque algunos periodistas le ha considerado como "humo" y han destacado la fragilidad de su discurso, es obvio que ha marcado un estilo propio en la política, tanto estética como dialectalmente. Del mismo modo que el 15-M evidenció la vejez estructural del PSOE y que Podemos está comiéndole más terreno del que jamás le comió Izquierda Unida, en la derecha Ciudadanos ha supuesto una renovación del mensaje conservador. Su simple aparición obligó a Rajoy a renovar internamente el partido para ofrecer una visión menos vetusta de sí mismo, con la ya mencionada llegada de los "vicesecretarios cool". Rivera, con el supuesto apoyo de los grandes capitales, pretendía convertirse en el partido visagra que permitiese a la derecha seguir en el poder, aunque obligándola a reformarse en las formas. Aunque la renovación de la derecha es bienvenida y era muy necesaria desde el auge de Federico Jiménez Losantos, Intereconomía y 13tv, lo cierto es que la de Ciudadanos no es más que una renovación fake. Un proceso de marketing demasiado evidente entre el que destacan candidatos físicamente atractivos, el uso de chaqueta sin corbata y pantalones tejanos para dar una apariencia juvenil o la insustanciabilidad de sus mensajes. Los continuos guiños al PP y su clara apuesta por políticas socioeconómicamente liberales evidencian la ideología real del partido de Rivera & Co. Política prefabricada, estilo Ikea, sin alma pero decorativamente muy bonita para quienes no entiendan mucho de política.

En el PSOE encontramos quizá el liderazgo más débil de este partido en las últimas décadas. Pedro Sánchez, a pesar de que está aguantando más de lo que algunos creían, y que ha tenido la virtud de saber esquivar en momentos clave la espada de Damocles de Susana Díaz, no deja de ser el rival más débil. La falta de contenido de sus mensajes, sus cambios de postura ideológica de un día para otro, la falta de un proyecto claro y su excesiva fragilidad ante los barones del partido han hecho que su liderazgo se pinche con buena parte de las espinas de la rosa socialista. Para ser un líder debes tener una mínima seguridad no sólo en tu cargo sino en tu entorno, y Pedro Sánchez parece que se pasa más tiempo intentando esquivar los puñales que le llegan desde la espalda que dirigiendo el transatlántico socialista. Además, la toma de decisiones tampoco es uno de los fuertes de Sánchez. En la postcampaña electoral ha apostado claramente por un perfil centrista, que le aleja de la izquerda originaria de su partido y le acerca y une indefiniblemente al Ciudadanos de Rivera, incluso tras la ruptura de su pacto electoral. Por otro lado, no sólo no ha querido renovar un barco de por sí caduco, sino que ha recuperado a viejos lobos de mar de los años 90 que poco pueden aportar a un partido que necesita algo más que la tradicional sesión de maquillaje que se da a sí mismo cada lustro. Ese ha sido el gran error de este partido en las últimas décadas, que es como una actriz de cabaret entrada en años, desfasada y viejuna, cuyo maquillaje no sólo no oculta su vejez, sino que la evidencia aún más. Su debilidad, su falta de fondo ideológico y su cobardía a la hora de afrontar los cambios estructurales necesarios en su organización, hacen de Pedro Sánchez una mala copia de Albert Rivera en las formas y un títere en manos de la presidenta de Andalucía. Y eso es porque da la impresión de que cuando mamá Díaz se canse de esperar y se levante para liderar su partido, Pedrito va a tener que irse a su cuarto.

Para terminar, en la autoproclamada izquierda real, encontramos el tándem Garzón-Iglesias de Unidos Podemos. Son dos personajes muy distintos, poli bueno y poli malo, cuya falta de entendimiento hasta hace escasas semanas ha retrasado lo que podría y debería haber sido el sorpasso de las izquierdas ciudadanas al tradicionalismo de centro-izquierda en las elecciones del 20D. Empezando por Alberto Garzón, el babyface de la política española, hay que destacar la renovación (al menos en apariencia) de uno de los partidos más caducos y oscurantistas internamente del parlamento español, Izquierda Unida. Las luchas de poder, los intereses creados en consejos de administración de bancos y cajas y las puñaladas internas (aparte de chistes como "izquierda desunida") han provocado en este partido un decaimiento de la imágen que parecían muy difíciles de superar. Pero la llegada del 15-M, y en concreto de Alberto Garzón, sirvieron al partido para recuperar el camino adecuado. Saneado el partido por dentro, repito, al menos aparentemente, Garzón afronta el reto de apoyar a Podemos a conseguir un sorpasso que saque al PSOE de la segunda posición y, si es posible, mande a la oposición al PP de Rajoy. Como reto se plantea harto complicado, aunque su perfil de yerno ideal forme un buen tandem con el más agresivo de Pablo Iglesias. Aún así, se le intuye, igual que ocurre con P. Sánchez, una cierta debilidad en su partido, aún desconfiante y receloso de la supuesta renovación que supone Garzón para ellos. El tiempo dirá en qué acaba esta historia. 

La segunda plaza del tándem de la izquierda real es un Pablo Iglesias cuyo perfil es su mejor arma y su mejor defecto. Su discurso claro, bien estructurado, directo y sin tapujos, le ha brindado la oportunidad de trasladar su mensaje de televisión local a las grandes cadenas del panorama audiovisual estatal. Su preparación previa de debates, su agresividad, la estructuración de su discurso y su habilidad para marcar la agenda política le han llevado a lo más alto de una forma meteórica, creando su propio partido tras las fallidas negociaciones con IU en 2013 y revolucionando la política española desde las elecciones europeas de 2014. Aún así, Pablo Iglesias y muchos de sus compañeros de Podemos han pecado de arrogantes, asumiendo para ellos mismos el voto de la indignación. Es cierto que buena parte de sus bases forman lo que se denominó el movimiento 15-M, pero entre los movimientos sociales se ha desconfiado de Podemos en muchos sentidos, por esa (en ocasiones) apropiación indebida de un movimiento social que revolucionó el país sin líderes, sindicatos o partidos políticos. Pablo Iglesias, que como decíamos antes, su carácter es a la vez su mayor virtud y su mayor defecto, da la impresión que a veces se cree el centro del universo político, la Khaleesi de la política española, rompedor de cadenas, liberador de esclavos y madre de dragones. Sea o no cierto, en ocasiones precisamente esa es la impresión que da y eso le resta votos en el ámbito de quienes no se sienten interesados por la política. Siendo él y su equipo excelentes estrategas políticos, han aprendido a moderar su mensaje cuando es debido y a no arrogarse ideas y planteamientos que no son propios, a pesar de algún patinazo inicial y de algunas decisiones recientes muy controvertidas. En sí la arrogancia no es un defecto en política, ya que refuerza el ego, la confianza en uno mismo y evita ser asimilado en un sistema de por sí corrupto. Pero la abundancia de la misma es, obviamente, un defecto que tinta y cuya mancha es muy difícil de quitar. 

En definitiva, vemos que los partidos políticos españoles carecen en muchas ocasiones de líderes políticos que merece la situación social actual. El bocadillo de la Transición, que en tantas ocasiones nos hemos comido en los últimos 40 años, debería haber dejado un mejor poso que el actual. La prácticamente nula voluntad de entendimiento y pacto entre los partidos a nivel estatal ha llevado a una repetición de elecciones que, si no cambian mucho las cosas, va a seguir igual después del 26J. Los intereses partidistas primarán sobre los del ciudadano de a pie, igual que en los 80, 90, 2000 y la década actual, a pesar de que la aparición de los partidos emergentes haya revitalizado un poco un panorama político muy mejorable. Líderes de plástico para una sociedad viva. Esta es la política española del nuevo milenio.

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