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divendres, 20 de maig del 2022

Pegasus y la cultura política

 Hemos comentado muchas veces la doble vara de medir que se ha tomado con el independentismo y con determinadas posturas de izquierdas en este país. La persecución que han perpetrado determinados movimientos tectónicos del Estado para espiar a quien espiar, fabricar informaciones falsas, influir en elecciones de forma ilícita, se ha hecho más que evidente con el “Caso Pegasus”. Esta es una caja de truenos que ha evidenciado lo que a muchos españoles ya les parece bien, que contra la izquierda y el independentismo, como decíamos hace un mes en este blog, VALE TODO.

Es decir, poco importa que se espíe a otros partidos durante negociaciones de legislatura, poco importa que ese fabriquen noticias falsas para acabar con reputación de políticos independentistas o de Podemos, poco importa que determinados jueces crean que está justificado espiar al vicepresident de la Generalitat o a ganador de las elecciones a la alcaldía de Barcelona, Ernest Maragall. Poco importa, digo, porque como ya hemos mencionado alguna vez, a mucha gente le importa más la unidad de España que la democracia. El concepto de democracia real, me refiero, no el sistema político que hay en España, que no es una democracia. Y afirmo eso porque es muy difícil que exista una democracia en un lugar donde la mitad de la población cree que está bien espiar a rivales políticos o a futuros socios, o inventar noticias falsas para que determinados partidos no lleguen al poder. Es decir, que aprueban la corrupción política.

Porque la democracia es mucho más que el sistema político, mucho más que las instituciones, mucho más que la arquitectura democrática que se fundamenta en la Constitución, los poderes del Estado o los estamentos socioadministrativos que los forman. La cultura política de un país es fundamental para realizar una revisión de lo que ocurre en nuestra sociedad y los atajos, delitos o crímenes que algunos toman para conseguir sus objetivos. La cultura política es la que permite a una sociedad rechazar y repudiar determinadas tácticas políticas, determinadas acciones judiciales o determinados movimientos de lo que de forma simplista pero efectiva se ha denominado como las “cloacas del Estado”. Una sociedad acrítica con la corrupción, como es buena parte de la sociedad española, que prefiere que manden los suyos a que haya una democracia firme y consolidada, respetuosa con los derechos sociales y que no cometa “Casos Pegasus”, o “Watergates a la española”, que es lo que es este caso.

Al tener la sociedad española una falta de cultura política, de respeto por el adversario, de respeto por la diferencia, que no disidencia, política, está esta sociedad condenada a caer en la corrupción, en el espionaje (por muy justificado por la fiscalía y autorizado por un juez que esté). Cuando Villarejo es tildado de demonio que avergüenza al sistema por un lado, pero se le paga millones por otro  para que haga el trabajo sucio, la política española tiene un problema. Y cuando a la sociedad española esto ya le parece bien, o le queda muy lejos, o le importa tres mierdas, la democracia tiene un problema con España. Porque la permisividad con algunos es la condena futura para otros. Las vistas gordas en este sentido, salen caras. Los perseguidores de hoy son los perseguidos del mañana. Este es un concepto que desde muchos sectores no se quiere creer, pero con el que se tropezarán tan pronto como la ultraderecha vuelva al poder. Que volverá. Y cuando eso ocurra…

diumenge, 9 de novembre del 2014

Cultura e identidad

En tiempos en los que el independentismo despierta excesivas pasiones a ambos lados, es necesario recordar de donde parte un aspecto tan relevante como la identidad catalana. Resistente como pocas a la adversidad, se ha mantenido firme a lo largo de los últimos siglos. Pero ¿qué ha sostenido la identidad catalana a lo largo de tanto tiempo? Sin duda, la cultura. Y hablando de ella hay que ir mucho más allá de las sardanas y los castellers, ya que quedarse en eso sería como quedarse con los toros y las sevillanas, olvidándonos de Cervantes, Goya, Lope de Vega o Almodóbar, si hablásemos de la cultura española. La cultura catalana obviamente es literatura, teatro, danza, música, cine, radio, televisión e incluso internet, como cualquier otra cultura existente en este planeta. Y también sardanas y castellers, obviamente, pero mucho más que eso.  

El periodista y escritor Francesc Canosa explica la supervivencia de la cultura catalana afirmando que el catalán cuando se ve oprimido y falto de libertades, lejos de abandonar su cultura, la vive de puertas adentro.  “¿Qué ocurrió desde 1714? Que se prohibió enseñar catalán en los colegios, se prohibió rezar en catalán e incluso no te podías morir en catalán, porque los epitafios tenían que estar escritos en castellano. ¿Cuál fue la reacción de la gente? Continuar con su cultura, pero desde casa. Todo lo referente al Establishment era en castellano (leyes, educación, etc), pero existía una realidad paralela que continuó con su cultura”. Repasando la historia, vemos varios casos similares, ya que a mediados del siglo XIX llegó la Renaixença (el renacimiento cultural catalán, en el que se empieza a escribir en catalán y en el que destacaron los juegos florales), seguido del Modernismo (que llevó un sello cultural diferenciado desde Cataluña hasta París), pasando por el Noucentisme y la Mancomunitat de Cataluña, que fue el primer eslabón para crear un primigenio cuerpo de Estado. Este ente, explica Canosa, fue la herramienta que sirvió de kilómetro cero de la gran “normativización de la lengua catalana, con el trabajo que realizó Pompeu Fabra para conseguir una lengua para todos”.

Todo ello se vio interrumpido por la dictadura de Primo de Rivera, primero,  y por la de Franco, en 1939. De nuevo, los catalanes se vieron obligados a mantener una identidad cultural en la clandestinidad, en una España en la que estaba prohibido escribir y publicar en catalán. No fue hasta 1960 que vimos de nuevo este idioma en el papel, dentro del territorio español, y fue en “Serra d’Or”, revista cultural y religiosa de la Abadía de Montserrat. Luego le siguieron otras, también del ámbito folklórico, religioso y nunca político, pero siempre en catalán. Para Canosa, este aspecto es importante, ya que desde la dictadura “se asocia cultura a folklore, cuando es precisamente la cultura la que mantiene a la sociedad catalana. Desde la dictadura, no se da importancia a la “Nova Cançó” o a las Sardanas, pero (la cultura) era realmente lo que vertebraba todo el país”. 

Tras la dictadura ocurre lo mismo, un nuevo florecimiento, con la llegada de TV3 y Catalunya Ràdio, a pesar que desde el gobierno español se quería una “televisión antropológica” (de ámbito local, para emitir sardanas y castells y poco más), pero que al informar sobre lo que ocurría en el mundo abriendo corresponsalías, se convirtió en un referente informativo para la sociedad catalana.

Canosa recuerda que “siempre que Cataluña tiene libertad, sale de casa, empieza a volar y la gran expresión es cultural. Esto conecta con todos los episodios históricos”. Además, no se queda en un sólo ámbito, sino que “tienes un bufet libre muy ámplio en todos los sectores culturales, en estas ganas de explicarse a sí misma, desde un punto de vista cultural”. En los últimos tiempos, con la nueva ola de independentismo, vemos un resurgir de la cultura catalana, con nuevos escritores, músicos y creadores audiovisuales. Ello ha supuesto un cambio, comenta Canosa, ya que “el gran drama de Cataluña es que es un país no explicado. Que ha sido tartamudo y que ahora ha dejado esa tartamudez y está hablando con claridad como hacen el resto de ciudades o países. Y por eso tiene una representación cultural tan amplia, que muestra ese ‘trencadís’ (quebradizo, estilo característico del arte modernista)” que ha sido siempre la cultura catalana.

Como ocurrió con movimientos sociales como el 15M, se ha perdido el miedo, se han perdido los complejos y se sigue delante, no sólo como una identidad política que quiere un Estado propio, sino también con el gran empuje de una identidad cultural. El propio Francesc Canosa, sobre el futuro político y cultural de Cataluña afirma que “en estos momentos no me atrevería a decir qué puede pasar, pero estoy seguro que nunca más volverá a ser lo mismo. Las relaciones entre Cataluña y España no van a ser iguales, porque han pasado demasiadas cosas. Primero porque hay una gran desconexión de lo que es la sociedad catalana con el Establishment español”, hecho que, aclaraba, no ocurre sólo en Cataluña, sino también en todo el país, como hemos podido ver últimamente con el vertiginoso crecimiento de Podemos. En segundo lugar, porque “Estado español es un artificio, porque está pegado con cola, como se demostró en la Transición con el ‘café para todos’”. Finalmente, porque se trata de un “proceso intergeneracional, no solo de los jóvenes, porque la gente ya no tiene miedo. Se están expresando a sí mismos. Por ejemplo, cuando determinada prensa madrileña amenaza con lanzar obuses, se lo toman con humor, no se lo toman en serio”. Pase lo que pase el 9N, pase lo que pase en los próximos meses, la Cultura catalana seguirá estando ahí, uniendo a la sociedad, aglutinándola en una identidad, hablen el idioma que hablen las personas que lo forman.